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sábado, 10 de octubre de 2009

Bitácora de viaje: La Misión Race 2008 (primera parte)

Por Germán Avalos Billinghurst

El domingo 23 de noviembre, me desperté a las 6AM, casi ni pude pegar un ojo en toda la noche. Pensaba en esos 150km que tendría que recorrer, en el viaje, en lo pesada que estaba mi mochila… en fin, en mi primera Misión. Unas horas más tarde, se despierta Mariana, mi novia, y me ve con los ojos abiertos y la mirada clavada en el techo; -que te pasa, estas bien?-, yo le sonreí, y permanecí en silencio.
Desayunamos, revisé mi bolso y pensaba hacer lo mismo con la mochila, pero, y si la desarmo y después no la puedo volver a armar?.., conclusión, no la toqué.
Pasaron las horas y llegamos al lugar donde partirían los charters dispuestos por la Organización. Solo un par de personas, -será acá, no me habré equivocado de lugar?-, -calmate Germán- decía Mariana. De a poco, fueron llegando más “misioneros”.
Luego de una larga espera (había que esperar a un contingente de Paraguay que venía atrasado), por fin arrancó el motor y salimos. Los últimos saludos con los familiares y amigos, besos, algunas lágrimas y mucho gritos… “uy, esto parece un viaje de egresados” pensé, situación que me causo gracia y me relajó.
El viaje se hizo largo, pero llevadero. Paramos a cenar, creo en General Acha, y allí vivimos unos de los momentos más divertidos del viaje: mientras cenábamos, irrumpió en escena un personaje “de cuentos” con su guitarra en mano, y con su mejor tonada cordobesa, arrancó a contar chistes (eran tan malos que nos hacía reír). Luego comenzó a cantar canciones folklóricas, hasta que llego a una, que no recuerdo su nombre, pero seguro todos los que estuvieron allí lo recordarán, y en su estribillo decía “amorcito, amorcito”, palabras que nos quedaron grabados. A partir de ese momento, cada vez que intentaba cantar otro tema, todos al unísono y al sonar de las palmas, los interrumpíamos al ritmo de “amorcito… amorcito”. La cena se extendió por dos horas, en la que este cuenta chistes, cantante, payador y mozo (digo esto último, porque resultó ser el mozo del turno tarde), etc., nos hizo vivir un momento único e irrepetible.
El viaje siguió su curso, y ya, a media mañana del lunes justo cuando el micro giraba en una curva, alguien leyó y comentó en voz alta “Villa Pehuenia 100 km”, a esa altura todos estaban despiertos y con ganas de llegar. Otro momento gracioso de aquel viaje se dio este camino que hasta ahí era asfaltado, se convirtió en un ripio con abundante polvo. Pocos minutos pasaron hasta que la polvareda invadió el micro y no nos permitía ver a un metro de distancia. Recuerdo a todo el mundo tosiendo, tapándose boca y nariz con la primera prenda que hubiera a mano, y corriendo a cerrar cuanta ventanilla hubiera abierta. A pesar de esto todo era risas y chistes, como nos divertimos!
Lunes, pasado el mediodía, llegamos a Villa Pehuenia. Descargamos los bolsos, y la mayoría aprovechamos que el micro nos había dejado en la base de la organización y completamos los trámites básicos de la inscripción.
Caminé un par de cuadras hasta encontrar la cabaña que habíamos reservado con dos personas del foro donde escribo, leo y aprendo a diario (el kilómetro) y con los cuales solo había tenido contacto a través de algunos intercambios de mails. El “negro” Mariano, cordobés de Monte Buey y el marplatense Mauricio serían mis acompañantes. Resultaron ser dos tipos macanudos, divertidos, y lo mejor, excelentes compañeros.
Me di un buen baño, y salimos con Mariano que hizo las veces de guía, ya que había llegado la noche anterior, y recorrimos la costanera del lago Aluminé, un mirador y todo lo que pudimos. La vista y los paisajes eran hermosos, pero para llegar de nuestra cabaña al “centro comercial” había que caminar un kilómetro de ida y lo mismo de vuelta. Este camino lo hicimos innumerables veces para comprar comida, bebida, etc., ya que todo, excepto las cabañas quedaban allí.
A la tardecita, llegó Mauricio y la cabaña quedó completa. Así paso la noche del lunes, entre anécdotas y consejos.
Mañana del martes. La rutina la misma, las interminables caminatas para mover las piernas y matar la ansiedad. Pero al mediodía el paisaje comenzó a cambiar. Los participantes que faltaban llegar comenzaron a hacerlo, y la villa empezó a tomar color y llenarse de corredores y gente “extraña” para los lugareños.
Temprano en la tarde, fuimos por enésima vez al centro comercial, esta vez a buscar a mi amigo Fabricio (Anakin), con quien había compartí todo el año de entrenamiento y por supuesto la carrera) que llegaba en micro desde Neuquén. Los acompañamos (Fabri fue con su novia, Laura) a su alojamiento para que descansaran.
El horario que la organización había fijado para la entrega de los mapas era las 19hs y posteriormente a las 20hs darían la charla técnica.
Puntualmente, el negro, Fabri y yo nos hicimos presentes, pensando que seríamos de los primeros. Pero sorpresa, a esa altura el lugar estaba que explotaba y tuvimos que hacer media hora de cola, para recibir el codiciado tesoro, los mapas.
y esto?,parece chino – preguntó Fabri, - que se yo, vamos enfrente y estudiemos los mapas a ver que se nos ocurre, contesté tratando de sonar convincente. El negro, con los ojos bien abiertos y sin decir palabra, nos siguió. Nos sentamos, abrimos los mapas y empezó la tortura. Éramos tres nulos totales en cuanto a la orientación terrestre. Nos mirábamos y nos reíamos, y así seguimos por unos cuantos minutos, hasta que escuchamos que convocaban a la charla técnica. Aprovechemos ahora, a ver si pescamos algo-, dijo Mariano.
Ahí estaba “el Guri”, hablando en voz muy alta para que todos pudiéramos escucharlos, aclaro que era al aire libre y en total había más de 300 competidores.
Gracia a Dios, la palabras del Guri, más el intercambio de opiniones con gente bastante más experimentadas, nos tranquilizó. Además, observamos que había muchos que estaban en la misma que nosotros, y que las posibilidades de perdernos solos en medio de las montañas, nuestro mayor temor, era un común denominador.
Luego de la charla, nos fuimos a cenar a lo de Fabri, los fideos con manteca que Laura nos había cocinado. La verdad comimos como animales, y con un apuro tremendo, es que queríamos terminar para cruzarnos a mi cabaña y analizar los mapas tranquilos.
Desplegamos la artillería de útiles que habíamos llevado, marcadores de colores, lápiz, goma, regla, contact, etc. Lo primero que hicimos fue estudiar el mapa, y a partir de ahí comenzamos a marcarlo. Marcamos todo lo que había, o al menos todo lo que nos dimos cuenta que era, con celeste los ríos y arroyos, con naranja las cumbres y en verde nuestro recorrido ideal. No sacamos rumbos, porque la verdad, era que ninguno de los tres sabía como utilizar como era debido, la brújula. A eso de las 2AM, terminamos nuestra colorida tarea y llego Mauricio, con quien comparamos los mapas y para nuestra tranquilidad, estaban bastante similares.
La noche se hizo eterna, por suerte teníamos que levantarnos temprano para ir a buscar las pecheras y pasaportes. Con todo esto en mano, volvimos para hacer la última revisión de la mochila y decidir la ropa de abrigo a llevar. Faltaban solo 2 horas para la hora señalada para la largada.
Cerca de las 11.30hs, Mariano me dice, vamos?- no, espera que falta Fabri -, el negro con cara de pocos amigos, me dice: yo voy yendo, no me aguanto más, no se demoren, nos vemos atrás de todo- .
Ya siendo las 11.50hs me cruzo a buscar a Fabri, y lo encuentro peleando con su mochila, -apurate, no vaya a ser que larguen sin nosotros, - ya voy, ya voy…- Llegamos corriendo al lugar de largada a las 12:08 (me acuerdo como si fuera hoy), por suerte el arranque se había demorado unos minutos.
Alrededor de las 12.30hs, el guri por alto parlante dice – llegó la hora-. Ese momento fue crucial, varios no podían contener las lágrimas, y ni que hablar cuando se escuchó la cuenta regresiva “10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0”, comenzaba nuestra ilusión y largamos nomás.
En breve, la segunda parte: la carrera.
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